ALFONSO CHÁVEZ JARA

La orfandad, ese golpe en la expresión íntima, no es solamente hacia quienes  nos acunaron desde el barro y el amor; sino también a quienes fueron útero y esperma encendida en la articulación de nuestra identidad; rubricando los territorios con la fragancia de su arte, prodigando cabalísticas para aullar. Si, aullar desnudos en la memoria, en el plástico de nuestro tiempo contaminado y de estrés, porque a veces la humanidad necesita volver a su intimidad no tocada para rehacer el camino.

Alfonso Chávez Jara, con las turbinas flamígeras de su éter transparente, es de esos padres que nos han heredado una orfandad a medias. Su muerte en una tarde de adoquines saltados en colores, nos dejó a sus hermanos-hijos-siameses partidos, fragmentados en instantes, en epístolas de bohemia, en amaneceres sonámbulos donde el poeta y el violín aullaban.

Alfonso es de esos caminantes que han construido afectos en su tránsito, espirales donde siempre vuelve, diferente, reinventado. Constructor de procesos culturales, épico hechicero de la palabra; ahora en este llanto a medias, duele estando porque el poeta es más que la fragilidad en la piel, es ícono subversivo en la atemporalidad de su legado, hoy desde la Casa de Carrión, traemos a la memoria social su obra completa, veinte años después de su purificación final en los ritos de la muerte.

La poesía de Alfonso se mete, explora los sentidos, las sensaciones del perceptor y clama por un mundo dónde esa construcción del metalenguaje no solamente sea la palabra sino en la política, en la gestión, en la muerte vida que más de una vez nos golpea a todos. Más allá del enfoque social que es un eco permanente, existe un erotismo refinado, una yuxtaposición en el hombre leve y el dios pagano que alcanza esa belleza que te desangra, sublima y duele.

Alfonso, fénix en el poema vuelve desde el ombligo de la patria y de sus versos; vuela, se levanta y nos eleva porque como lo dijo en un encuentro internacional de escritores en Colombia ‘…El poeta no nace ni se hace; el poeta se deshace…

Gabriel Cisneros Abedrabbo

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